Carr. 831 Int. Ave. Minillas 9na. Sección Santa Juanita Bayamón, Puerto Rico

¡Saludos amada Iglesia!

En estos días en que los titulares vuelven a llenarse de amenazas, bombardeos y discursos de confrontación, el corazón cristiano no puede permanecer indiferente. La humanidad contempla con temor la posibilidad de nuevas escaladas militares en Medio Oriente, con acciones y tensiones que involucran a Israel, Estados Unidos e Irán, mientras en otras regiones del planeta guerras prolongadas siguen cobrando vidas lejos de los focos mediáticos.
 
No se trata solo de análisis geopolítico; se trata del clamor de pueblos enteros. Como Iglesia, no somos espectadores pasivos de la historia: somos comunidad orante, cuerpo de Cristo en medio de un mundo herido. Y cuando la violencia amenaza con imponerse, nuestra primera respuesta no es el miedo, sino la intercesión confiada en la intervención del Inmanente.
 
1. La paz como don y tarea
La Sagrada Escritura nos recuerda que la paz no es simplemente ausencia de guerra. La palabra hebrea shalom expresa plenitud, justicia, reconciliación y armonía con Dios y con el prójimo. El salmista clama: “Busquen la paz y síganla” (Salmo 34:15).
Y nuestro Señor Jesucristo proclama: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5:9).
La paz es don de Dios, pero también tarea confiada a los creyentes. No podemos decidir por los gobiernos ni detener por nosotros mismos los ejércitos, pero sí podemos convertirnos en artesanos y colaboradores del perdón, la reconciliación, la restauración y la transformación, comenzando por nuestra oración perseverante y constante.
 
2. Orar en medio del conflicto
Cuando las naciones se enfrentan, la tentación es alinearnos desde ideologías o dejarnos arrastrar por narrativas polarizadas. Sin embargo, la Iglesia ora por todos: por los gobernantes, por los soldados, por las víctimas civiles, por los desplazados y por quienes sufren hambre, miedo y pérdida.
El apóstol Pablo exhorta: “Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad.” (1 Timoteo 2:1-2).
 
Oramos por la paz en Medio Oriente y también por los múltiples conflictos activos en el mundo, entre ellos:
– La guerra entre Rusia y Ucrania, que continúa dejando devastación en Europa del Este.
– La guerra civil en Sudán, con millones de desplazados.
– El conflicto interno en Myanmar, marcado por violencia prolongada y crisis humanitaria.
– La inestabilidad y los enfrentamientos en Etiopía y otras zonas del Cuerno de África.
– La violencia persistente en la República Democrática del Congo, especialmente en su región oriental.
– Las tensiones y enfrentamientos en Afganistán y su frontera con Pakistán.
– La grave crisis sociopolítica y armada en Haití, donde la violencia afecta profundamente a la población civil.
– Las insurgencias y conflictos persistentes en la región del Sahel africano, incluyendo Mali y Burkina Faso.
Cada uno de estos escenarios representa rostros concretos, historias interrumpidas, familias heridas.
 
3. Una teología de la cruz frente a la lógica de la guerra
La cruz de Cristo desmantela la lógica de la violencia como camino de salvación. En la carta a los Efesios leemos: “Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades.” (Efesios 2:14-16). En Jesucristo, Dios no derrota a sus enemigos destruyéndolos, sino absorbiendo la violencia y transformándola desde su interior.
 
La paz cristiana no nace del equilibrio del terror ni de la supremacía militar, sino del sacrificio que reconcilia. Esto no elimina la reflexión ética sobre la legítima defensa y la justicia, pero sí nos recuerda que la violencia nunca puede celebrarse como victoria espiritual.
 
La cruz desarma espiritualmente la lógica de la violencia. Allí se revela que el poder de Dios no se manifiesta en la imposición, sino en el amor que se entrega. Por eso, toda teología cristiana de la guerra debe ser examinada a la luz del Crucificado.
 
Repensar la “guerra justa”
A lo largo de la historia, pensadores cristianos desarrollaron la doctrina de la “guerra justa” para limitar la violencia y evitar abusos. En su contexto histórico, fue un intento serio de poner frenos morales al conflicto armado. Sin embargo, hoy debemos preguntarnos con honestidad espiritual:
– ¿Sigue siendo posible hablar de guerra “justa” en un mundo de armas de destrucción masiva?
– ¿Puede considerarse justa una guerra cuyos efectos siempre alcanzan a inocentes?
– ¿No corremos el riesgo de bendecir con lenguaje teológico lo que en el fondo contradice el Evangelio?
 
La cruz nos coloca frente a una tensión inevitable: el mismo Señor que pudo invocar legiones de ángeles eligió no hacerlo (Mateo 26:53). El Reino que anuncia no se expande por la espada. Cuando Pedro hiere con violencia, Jesús responde: “Vuelve tu espada a su lugar” (Mateo 26:52).
 
Esto no niega la complejidad ética de la defensa legítima ni la responsabilidad de los países de proteger a sus ciudadanos. Pero sí desafía el corazón cristiano a no acomodarse fácilmente a la lógica militar. La pregunta no es solo si una guerra cumple criterios jurídicos, sino si refleja el espíritu del Crucificado.
 
En un contexto global donde conflictos involucran a naciones como Israel, Estados Unidos e Irán, o donde guerras prolongadas devastan regiones enteras, el cristiano debe evitar dos extremos: el pacifismo ingenuo que ignora el mal real, y el belicismo espiritualizado que justifica la violencia como voluntad divina.
 
La cruz no es neutral ante la injusticia; pero tampoco legitima la destrucción como camino ordinario de redención histórica.
 
4. Solidaridad con los que sufren: más allá del discurso
Si la cruz revela el corazón de Dios, entonces toda guerra debe mirarse desde las víctimas. La teología cristiana no puede formularse desde los centros de poder, sino desde el sufrimiento humano.
Detrás de cada conflicto, en Medio Oriente, en Europa del Este, en África, en Asia o en el Caribe, hay:
– Niños traumatizados por el estruendo de las bombas.
– Madres que entierran a sus hijos.
– Ancianos que mueren en soledad.
– Pueblos desplazados sin horizonte.
– Generaciones marcadas por el resentimiento.
 
Una teología que habla de guerra sin escuchar el llanto de las víctimas se convierte en ideología.
 
El examen de conciencia eclesial
La Iglesia está llamada no solo a orar por la paz, sino a examinar su propio lenguaje. ¿Hemos confundido patriotismo con fidelidad al Evangelio? ¿Hemos identificado el Reino de Dios con intereses nacionales? ¿Hemos callado ante injusticias por comodidad o conveniencia?
El seguimiento de Cristo exige una solidaridad concreta:
– Apoyar iniciativas humanitarias.
– Acompañar a migrantes y refugiados.
– Educar en la no violencia activa.
– Denunciar estructuras que alimentan la guerra (corrupción, tráfico de armas, explotación económica).
 
La paz no es solo un ideal espiritual; es una práctica histórica.
El pensamiento cristiano necesita hoy una renovación profética. No basta con preguntarnos cuándo una guerra es justa; debemos preguntarnos cómo evitar que la guerra sea considerada inevitable.
La Iglesia primitiva creció no por la espada, sino por el testimonio de comunidades que preferían sufrir antes que matar. Tal vez el Espíritu Santo esté llamando nuevamente a los cristianos a recuperar esa radicalidad evangélica.
Porque si creemos que Cristo ha resucitado, entonces creemos que la última palabra no la tiene la violencia. Entendamos que la indiferencia también hiere el Cuerpo de Cristo.
 
5. Una oración por la paz
Oremos:
Señor Dios de la historia, Padre de todos los pueblos y naciones, mira con misericordia a quienes hoy viven bajo el estruendo de las armas.
Detén la espiral de violencia en Medio Oriente y en cada rincón del mundo donde la guerra destruye la esperanza.
Ilumina a los gobernantes, mueve los corazones endurecidos, protege a los inocentes y consuela a los heridos.
Haz de tu Iglesia instrumento de reconciliación, y enséñanos a ser sembradores de tu paz.
 
Amén.
 
Que en este tiempo convulso no cedamos al odio ni al desaliento. Nuestra esperanza no descansa en el poder de las armas, sino en el Señor resucitado, Príncipe de la Paz.
Que este tiempo de conflictos globales no nos endurezca el corazón, sino que nos conduzca a una fe más profunda, más crítica y más fiel al Crucificado. La verdadera victoria cristiana no es derrotar enemigos, sino reconciliar hermanos.
 
“Y el mismo Señor de paz os dé siempre paz en toda manera. El Señor sea con todos vosotros.” (2 Tesalonicenses 3:16).
 
En el amor y la paz de Cristo,

Rvdo. Manuel A. Rodríguez Bidot
Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en Santa Juanita